Columna invitada

Orfandad

Por: Jorge Murrieta – Especial

Cuando era niño, mandaba Manolo Martínez y lo acompañaban Eloy Cavazos y Curro Rivera. Apretaban fuerte Mariano Ramos y Antonio Lomelín. Así como fui creciendo físicamente, mi afición por la enigmática cuanto extemporánea y anacrónica fiesta de los toros, me fue engullendo la entraña. Incluso tuve la peregrina idea de de ser torero, misma que afortunadamente no se concretó.

Años después, surgieron los nombres de David Silveti, Jorge Gutiérrez y Miguel Espinosa “Armillita”. La fiesta de los toros en México gozaba de cabal salud. Los empresarios hacían su tarea; los ganaderos, también. Y bastaba con que en los carteles apareciera el nombre de tres toreros mexicanos para que La México, ex catedral taurina de América, luciera espectaculares llenos hasta el reloj.

Desafortunadamente, fue disminuyendo el control de calidad y a principios de los dos mil, muy pocas figuras fulguraban bajo el encapotado cielo de la tauromaquia nacional, si bien sacó la cara, tanto acá como allá, el aguerrido “Zotoluco”, quien se apuntó la gesta heroica de matar una camada entera de Miura mientras se hacía de un nombre entre los toreros recios. Fue la última época medianamente dorada del toreo en México.

Hoy, el trono del toreo mexicano está acéfalo. No se atisba rey en el panorama. El toreo en México sufre de un mal endémico y ha recalado en la más abyecta orfandad, pues a quienes manejan el espectáculo sólo les interesa llenarse los bolsillos, dejando de lado la opinión del aficionado. Hacer empresa debería ser una especie de sacerdocio. Y no lo es más. La actual empresa capitalina es un ente clientelar más preocupado por rendir pleitesía a toreros extranjeros como Enrique Ponce y Morante de la Puebla, que por sacar toreros que compitan con los ultramarinos. Como si de un período histórico se tratara, la llegada de los “itos” (Fernando de la Mora, Javier Bernaldo y Teófilo Gómez) ha terminado por dar al traste con un espectáculo que desde hace un par de décadas sufre una anemia terrible.

A nuestra fiesta la han sangrado, le han arrebatado la casta y la han ofrecido en bandeja a dos o tres espadas europeos. Se vienen horas oscuras. Pobrecita fiesta. La están matando. La orfandad se masca en el ambiente y, cuando menos por ahora, no se vislumbra solución alguna.

 

*Todo lo expresado en las columnas es responsabilidad de su autor.