Columna invitada

Tiempos de competencia

Por: Juan Álvarez – Especial

En restaurantes, calles y cafés, la gente sigue hablando del indulto del toro “Siglo y Medio” de la ganadería de Piedras Negras, tras la faena del joven Gerardo Rivera. El episodio vivido en la Plaza México ha abierto la polémica sobre si debía o no regresar ese buen toro a su dehesa; no obstante, lo sucedido va más allá: la legendaria ganadería ha vuelto para dar de qué hablar en la naciente segunda década de esta nueva centuria para beneplácito de nuestra fiesta.

Son 150 años de historia de los toros de la “corbata” de la familia González, siempre diciendo presente cuando se empieza a hablar de nuevas etapas de la fiesta taurina mexicana. Cuando es tiempo de competencia.

Años atrás, a principios del siglo XX, con don Antonio y Julián Llaguno empujando con sus ganaderías de San Mateo y Torrecilla en medio de un gran mestizaje de procedencias tras la cruza de sementales de sangre española –pero con nulo orden genético-, ya existían ganaderos de prosapia como los González de Piedras Negras, José María González de Tepeyahualco y los Barbabosa de Atenco, Santín y San Diego de los Padres, que no se dejaban ganar la pelea.

Fue a principios  de 1908 cuando los González y otros ganaderos formaron el grupo de criadores que tomaron parte del ordenamiento genético en pos de la calidad de sus divisas y ahí cobró fuerza la sangre de Saltillo, la consolidación de ese encaste iniciado algunas décadas atrás sin dejar de mencionar líneas como Murube y Miura, por citar algunas.

Los criadores mexicanos peleaban por la supremacía ganadera. En aquella época, tras la conformación de la Unión de Criadores de Toros de Lidia, allá por 1930, tres eran los reyes de ese momento: Los González, los Madrazo -ganaderos de La Punta– y los Llaguno, a quienes se unieron más adelante La Laguna y San Diego de los Padres. En resumen, zacatecanos y tlaxcaltecas peleando y compitiendo, dando paso a varios encastes que a la fecha siguen dando historias de éxito.

La competencia era tal, que tuvo su punto de ebullición en la temporada 1939-1940. Se produjo un enfrentamiento ganadero en la víspera del arranque del serial en El Toreo. El resultado, una temporada de 12 festejos para los cuales los hermanos Antonio y Julián Llaguno aportaron ¡11 encierros!, siete de San Mateo y cuatro de Torrecilla.

Dicho pasaje lo narra de manera magistral Luis Niño de Rivera en su libro “Sangre de Llaguno”, que cito: “Los Llaguno habían podido contra todo y contra todos… pero el bando contrario no se quedó con los brazos cruzados, como era de esperarse y organizaron una breve “Temporada Relámpago” aprovechando la suspensión de la última corrida de aquella temporada.

“Seis corridas en total se dieron, incluyendo la última a beneficio de la Cruz Roja. Corridas serias, con mucho trapío de cuatro hierros de Tlaxcala: Piedras Negras, La Laguna, Coaxamalucan y Rancho Seco; uno de Jalisco: La Punta, y otro del Estado de México: San Diego de los Padres”.

Tras ese grandioso relato, cabe recordar que esa temporada triunfaron toreros  que, de manera paralela, también protagonizaban una encarnizada pelea. Y ahí se enlistaron los nombres de Silverio Pérez, Fermín Espinosa “Armillita”, Paco Górraez, Carlos Arruza, Andrés Blando, Alberto Balderas, Jesús Solórzano, David Liceaga, Eduardo Solórzano, Lorenzo Garza, Luis Castro “El Soldado”, Pepe Ortiz, Fermín Rivera, Alfonso Ramírez “El Calesero”, Carnicerito y Ricardo Torres.

La gran variedad de sangres, ganaderos profesionales y una amplia baraja de toreros fue el escenario de un México taurino obligado a formar su propia fiesta al cerrarse las puertas de España, en 1936.

Dichas remembranzas cobran vigencia ante la disyuntiva que presenta nuestra fiesta en la actualidad. Es un hecho que debe ampliarse el abanico de ganaderías contratadas, dar seguimiento  a los toreros y repetirlos cuando ya alzaron las orejas en son de triunfo, so pena de condenarlos al olvido.

Ese es el gran reto de la actual empresa que rige los destinos de la Plaza México: ampliar la baraja, generar rivalidades, dar variedad a los carteles y ampliar el atractivo o en contraparte, dormir en zona de confort y terminar sumida en la mediocridad, tras acceder a los caprichos de quienes se dicen figuras por sus innumerables triunfos, pero que siguen sin llenar los tendidos al conjuro de su nombre.