Editorial

A la mexicana

Por: Jorge Raúl Nacif – Director

La tarde de este domingo en la Plaza México se tradujo en una clara evocación de lo que llamamos “el toreo a la mexicana”, esa manera tan particular de asimilar y comprender la tauromaquia que tuvo lugar en esta tierra, dotada siempre con la expresividad propia del mestizaje.

En el entorno de la Fiesta Brava siempre ha existido polémica sobre si podemos o no hablar de una Escuela Mexicana del Toreo, como en su momento surgieron los conceptos de la Escuela Sevillana y la Escuela Rondeña, con la misma base técnica pero diferentes características al plasmar las evoluciones delante del toro.

Más allá de encasillar términos, cierto es que “el torero a la mexicana” goza desde nuestra óptica de dos características fundamentales: creativa variedad y sentimiento a flor de piel.

La tauromaquia mexicana siempre se ha caracterizado por la creación de suertes, tanto de capote como de muleta, abonando terminología al diccionario taurino. La “gaonera” que inmortalizó Rodolfo Gaona, la “orticina” o el “quite de oro” de Pepe Ortiz, la “caleserina” de El Calesero, la “brionesa” de Luis Briones, la “saltillera” de Fermín Espinosa, la “crinolina” de Eliseo Gómez y las “zapopinas” de El Zapopan, son tan solo algunos ejemplos de suertes capoteras que surgieron en nuestra patria.

No podemos dejar pasar el “par de calafia” de El Pana, la “fregolina” de Ricardo Romero Freg, la “arrucina” de Carlos Arruza, la “regiomontana” de Eloy Cavazos, el “martinete” de Manolo Martínez, el “circurret” de Curro Rivera, la “capetillina” de Manuel Capetillo, la “cordobina” de Jesús Córdoba, la “titorina” de El Chihuahua y la “santina” de Rodrigo Santos, son otros ejemplos de suertes con sabor mexicano.

Esa imaginativa variedad quedó plasmada ayer en la persona de Uriel Moreno “El Zapata”, que puso al público en pie con suertes de su creación, como el “par monumental”, pero también evocando a Antonio Campos “El Imposible” con la ejecución del quite “ojalá”.

El sentimiento a flor de piel quedó ejemplificado en la persona de Jerónimo. Expresar con toda el alma genera la inequivoca consecuencia de querer alargar más el momento de la emoción, lo que lleva a un toreo con hondura y extensión, acompañando con la cintura mientras el alma exterioriza sabores y sinsabores de una historia personal.

Esa manera de torear ha quedado patentada en muchos toreros mexicanos. Imposible no mencionar a Silverio Pérez, sin olvidar a Lorenzo Garza, Luis Procuna, Manuel Capetillo, El Callao, Joselito Huerta, El Ranchero, Mariano Ramos, El Pana o los propios El Zapata y Jerónimo, entre muchos otros que han saboreado esa aromática tauromaquia que pone “chinita” la piel.

En una época de marcada influencia hispana y en la que muchos toreros aztecas viajan para formarse del otro lado del Atlántico, es bueno recordar la esencia del toreo “a la mexicana” sentirnos orgullosos de nuestras raíces.