Editorial

Verdad y teatralidad

Por: Jorge Raúl Nacif – Director

Recordaba El Pana que el genial Lorenzo Garza expresó que el toreo es “mitad verdad y mitad actuación”, pues lo verdadero es “zumbarse” al toro y la parte escénica convierte al torero en un actor que se desenvuelve delante de un público.

Y es que el toreo es una puesta escena, pero en la que suceden cosas reales. ¡Menuda paradoja! Sí, pero es parte de la magia que envuelve a todos los que somos aficionados a este maravilloso espectáculo.

El torero es un actor y el ruedo es el escenario. Sin embargo, la parte “actoral” no consiste en fingir lo que no es, sino representar con toda naturalidad la expresión de todo su sentimiento delante de un toro. Es, por ejemplo, como un actor de televisión. Los mejores los que se perciben naturales, lejos de una “sobreactuación” en sus formas.

Es por ello que surgen las expresiones “de espejo” o “afectación” para describir a los lidiadores que exageran su actuación en el ruedo y dejan de mostrarse naturales.

Partiendo de la base que SIEMPRE hay riesgo en el ruedo,  los diestros “afectados” en realidad anteponen “torear al público” que al toro, y en este terreno pueden surgir artilugios del llamado “torero efectista”, que no es otra cosa que utilizar atajos para el aplauso fácil.

Cierto es que hay público para todo y no podemos mandar en las emociones de las personas. Es más, todos los caminos de la emoción son válidos, pero en lo personal preferimos aquella que surge del toreo clásico y la equidad entre lo verdadero -que siempre está- y la actuación. Es legítimo tomar la dirección que más nos convenza.

El torero como actor es captar la atención del público y manejar los tiempos. De alguna manera es “vender” la ejecución de las suertes, pero sin dejar de lado que la mejor manera hacer sentir es, sin duda, sentir. La actuación también permite dar rienda suelta a la creatividad, virtud que es pie para llegar a ser más variados en el ruedo.

La palabra clave -como todo en la vida- es “equidad”. Toda la razón tenía Aristóteles cuando hablaba del “justo medio” para definir lo que es virtud.