Archivo histórico

Conflicto taurino Iturrigaray-Yermo

Por: Jorge Nacif Mina – Foto: Archivo

La corrida de toros en honor del Virrey Iturrigaray, nos dice José de Jesús Núñez y Domínguez, encierra un suceso entre don Gabriel Yermo y el Virrey, donde lo hace ver como una causa contra Iturrigaray en 1808; no podríamos saber si fue verídico el final del suceso, pero transcribiremos la narrativa de Núñez y Domínguez, porque además nos permite conocer cómo se llevó a cabo aquella tan deseada corrida de toros por los vecinos de la Ciudad de México.

“Cuando los clarineros dieron la señal para que comenzara la corrida, previa venia de su Excelencia, el gozo de este subió de punto, pues siendo andaluz de pura cepa, gaditano por más señas, se perecía por las fiestas de toros. Comentaba animadísimo todos los lances con las gentes de su séquito, pero principalmente con su hijo don José, que lucía el brillante uniforme de oficial de carabineros reales y con su secretario don Rafael Ortega, que ostentaba a su vez los vistosos arreos de ayudante del Regimiento de Caballería de Calatrava”.

Todo había transcurrido en el mayor contento, cuando, después de haber matado al primer toro, vio su Excelencia que el capitán de la cuadrilla se encaminaba al palco de don Gabriel Yermo, uno de los hombres más ricos de la colonia; y que subía a él y hablaba con el citado Yermo.

Don Gabriel, propietario de fincas rústicas y urbanas, tenía una gran preponderancia en el comercio de todo el reino. Además de que monopolizaba la venta del aguardiente llamado Chinguirito producido en sus haciendas de caña de azúcar, tenía el abasto de carne, en el que ejercía una verdadera dictadura, diciéndose que en su afán de lucro a veces había introducido a la ciudad ganado muerto por enfermedad.

Por ello obligaba a los toreros que a él, exclusivamente, le vendieran los toros que mataban en el coso, a pesar de que había una disposición terminante que otorgaba a dichos toreros al par que la propiedad de las reses muertas, la libertad de venderlas a quien quisieran. Yermo constreñía a los lidiadores a que se le vendieran los toros a cuatro pesos, no obstante que su precio era de ocho o de diez.

Por tal motivo el matador del primer toro de la corrida inaugural en honor de Iturrigaray subió al palco de Yermo, cosa que extrañó de sobremanera al virrey. Y habiendo averiguado la causa de eso montó en cólera su Excelencia, reprobó la costumbre que adulteraba la ley y ordenó que los toreros vendiesen a quienes les viniere en gana, la presa de su valor o destreza o que el abastecedor les pagase el justo precio.

En menos de lo que se cuenta supo Yermo lo acontecido; y, llevado de su violento carácter y de la soberbia con que estaba habituado a tratar a las autoridades, pasó al palco del virrey, quien lo recibió con avinagrado gesto. Pero Yermo no se arredró por ello y reclamó al virrey su proceder, en términos descomedidos.

Iturrigaray, que pudo haberle hecho sentir todo el peso de su autoridad se limitó a echarle en cara su conducta, diciéndole poco más o menos que aquello era una ratería en hombre tan rico; le [afeó] sus procedimientos mezquinos y le dejó tan corrido que orgulloso mercader salió del palco mascullando disculpas pero encendía el alma de cólera y de venganza.