Columna invitada

Cuando había pasión…

Por: Raúl Reyes – Especial

Siempre he pensado que el toreo es de emociones y de pasión; y no hay duda que es verdad, pues cada tarde vivida se experimenta una sensación muy especial en una plaza de toros.

En las historias de los viejos aficionados, se decía que en los cafés  (lugar de reunión) el tema de conversación era de lo que había pasado el domingo en los toros, y en esos diálogos, no siempre había acuerdos, pero eso es lo que hacía que la pasión floreciera, ya que unos eran “istas” y otros “antis”, pero siempre se disfrutaba la charla, pues cada quien tenía a su consentido.

Cuando tengo la oportunidad de ver videos añejos (me gusta verlos) me he dado cuenta que antes la fiesta en nuestro país era muy diferente a lo que hoy día vivimos. 

La Plaza México (por decir un coso en específico) tenía llenos “hasta el reloj”, se daban hasta bofetadas literalmente por conseguir un boleto, y claro, había motivos para ello. Se anunciaba en los carteles Manolete, Silverio, Armillita, Lorenzo Garza, Manuel Capetillo, Manolo Martínez, Paco Camino, y El Niño de la Capea, entre otros, que provocaban la fiebre taurina por verles. Es más, se dieron corridas en El Toreo de Cuatro Caminos y en La México al mismo tiempo, y ambas plazas tenían entradones, y sin lugar a dudas se disfrutaba las tauromaquias de todos ellos. ¡Ah, que recuerdos tan maravillosos!

Es una lástima que no pude vivir esa época, que marcó una página importante en la torería. Hoy, ya desaparecido El Toreo y con una Plaza México que cada vez se ve más y más vacía, la pasión se ha ido diluyendo.

En los años noventa, para ser exactos en 1993, yo contaba con 6 años de edad, y de la mano de mi papá, de mi mamá o en ocasiones de uno de mis tíos,  recuerdo que en aquella zona de general sol, nos sentábamos y escuchaba “chanelar” de lo que ocurría en el festejo, mientras me comía unas papas, una torta y un refresco, que habíamos comprado en la tienda, cuando se podía entrar con alimentos, yo era feliz.

Mi inquietud e impacto que me dejó conocer mi amada Plaza México, así, imponente y majestuosa,  me hacía bajarme al segundo tendido, y el ver el brillar del traje de luces, me entusiasmaba, cuando la noche ya nos había invadido. Y el olé de nuestro país, distinto al de otros lares, me erizaba la piel. Pude emocionarme con un matador al que seguí, al que admiro, y puedo presumir de contar con su amistad, Manolo Mejía, que se consagró en 1994 y por el cual me hice aficionado.  

Tuve la fortuna de ver al “Rey” David Silveti, Eloy Cavazos,  Mariano Ramos, Miguel Espinosa “Armillita” o al maestro Jorge Gutiérrez, matadores mexicanos, por mencionar algunos, que sin necesitar de un diestro hispano para llenar los tendidos, causaban importantes entradas en el coso de de los insurgentes. En esas épocas aún había pasión. 

Posteriormente llegaron a causar impacto los españoles como Enrique Ponce, El Juli, José Tomás o Pablo Hermoso de Mendoza y Diego Ventura, hoy figuras que son atractivas y del gusto del aficionado, pero tristemente ya no se llena la plaza incluso con verles anunciados.

Ya no gusta el toro que se lidia, los carteles que se confeccionan y la manera de llevar la fiesta. Deprimente ver un escenario construido para 45 000 personas en febrero de 1946, y que en muchas ocasiones no llega a la mitad de aforo, pues se ha perdido el interés de asistir.

Aquellos viejos “lobos de mar” a los que hacía referencia en un principio, se han ido muriendo; la juventud (milenials) no entienden,  y con el poder que tienen las redes sociales, los han engañado con argumentos no sustentables sobre la existencia de la tauromaquia, y se han ido retirando de las plazas. Y los niños que sueñan con algún día ser figuras, no los dejan hacer realidad sus sueños, al impedirles entrar a una plaza por que según ahí hay violencia.

Insisto…

Cuando había pasión, existía una ilusión por que el domingo fuera familiar y taurino, hoy ya no se puede, han cambiado muchas formas, y se ha ido muriendo lo que antes era una tarde de fiesta.

Ojalá volvamos a vivir épocas que nos hagan vibrar una tarde y la otra también…