Pluma ganadera

Remembranza de un sueño

Por: Mariana Fernández – La Muralla

Mi primer recuerdo lúcido de cuando era pequeña, o al menos del que yo tengo memoria, es de la Plaza México y el debut de mi padre como ganadero en el monumental coso de Insurgentes. Mi siguiente recuerdo es Juan Pablo Llaguno padre, llevándome en brazos cuando yo era muy pequeña, mientras toreaba una vaca en el bautizo de Juan Pedro, su hijo. Estos recueros datan a los años 1996-1998.

Nací en una familia común, que consta de mi padre, Enrique Fernández Pérez, fundador de nuestra casa ganadera La Muralla, de mi madre, Maria Sinecio, y mis hermanos Ivonne y Enrique. No venimos de una familia ganadera; mi padre inició la ganadería a sus 30 años y yo, prácticamente, nací entre toros y vacas en el año 1995.

Los mejores recuerdos de mi infancia siempre involucraron el mundo del toro. Desde las faenas camperas, innumerables corridas, 23 asambleas de ganaderos, e incontables anécdotas en la ganadería, que aunque siempre terminábamos entre risas mi padre y yo, tenían un poquito de peligro. Mi padre siempre trato de inculcarme el amor incondicional al rey de la fiesta, el respeto total y la disciplina, tiempo y cariño que conlleva ser ganadero. Siempre me dijo que había sido su sueño y que realmente, nunca iba a dejar de serlo.

Hay una anécdota que siempre cuento y creo es de las más bonitas que tengo en el campo. Estaba viendo los novillos con mi papá en uno de los potreros, íbamos en una pick-up S10 que teníamos en ese entonces, íbamos muy lentamente viendo pastar una novillada. De pronto, le comenté a mi padre: “Papi, con cuidado, que creo que ese novillo podría arrancarse”. Mi padre solo me dijo que sí, pero muy confiado el, siguió manejando por donde estaba aquel novillo cárdeno oscuro. Luego de unos minutos, pasamos tan tan cerca, que aquel novillo, efectivamente, se nos arrancó. Lo único que podía pensar era en el peligro y en lograr zafarnos de aquel momento, ya que para nuestra mala suerte, el novillo logro embestir aquella pequeña pick-up blanca, sin repercusión alguna.

Después de pasar al siguiente potrero, mi padre y yo estabamos muertos de risa y yo solo le decía “¡le voy a decir a mi mama!” y mi padre solo se reía. Cuando llegamos a casa, claro, le conté a mi mamá y mi papá le decía: “Mary, es que rejoneamos con la camioneta”, y mi mamá muerta de risa pero al mismo tiempo, consciente del peligro que habíamos pasado, solo nos regañó a mi padre y a mí. Después de tiempo, volvimos a hacer lo mismo, simplemente porque nos gusto la sensación de adrenalina a mi papi y a mi.

Puedo decir que soy una persona normal, sin traumas o problemas psicológicos a raíz de la tauromaquia. Al contrario, puedo decir que es un mundo lleno de valores, valores que se han perdido en la sociedad actual y que, para cómo se ve esto, veo complicado que muchos de esos valores regresen. Puedo decir que viví una infancia plena y feliz, corriendo en el campo, disfrutando cada tienta y simplemente siendo yo.

Hoy, a mis 24 años de edad y desde los 12 años viendo toros conscientemente, puedo decir que ha sido lo mejor que me ha pasado. Que cada faena campera la disfruto como si fuera la primera, que cada que vamos a lidiar la ilusión y la responsabilidad es la misma. El campo me ha dado las mejores experiencias de mi vida y nunca me arrepentiré de haber nacido en la familia que nací.

Hoy puedo decir, que el sueño de mi padre ha sido y será tan autentico, que termino siendo tan mío. Que el simple hecho de despertar y proyectarme como ganadera de La Muralla, es simplemente lo mejor de mi vida. No somos una ganadería con 100 años de antigüedad, pero puedo decir con mucho orgullo que La Muralla ha sido formada con el mismo cariño, pasión y entrega que cualquier otra ganadería.