Editorial

Toros de indulto

Por: Jorge Raúl Nacif – Director

Un toro de indulto debe ser excepcional. Ésta es la premisa sobre la cual debe partir el concepto que lleva a “perdonarle la muerte” a un astado para que regrese a la dehesa y, si así lo decide el ganadero, padrear para transmitir sus cualidades a las generaciones por venir.

De los últimos indultos concedidos en la Plaza México (e incluso en cualquier coso de nuestra geografía nacional) el de ayer me parece uno de los más coherente. El toro “Tocayo”, de La Joya, rayó en lo excepcional y embistió como bendito a la muleta de Antonio Ferrera, que se dio gusto para dejar correr su inspiración. Además, peleó bien en varas, y esto ya no es común.

Infelizmente, vivimos en una época marcada por la “indultitis crónica”. No me queda claro, pero tal vez se ha llegado a esto debido a las presiones antitaurinas, de tal suerte que, incluso de manera inconsciente, se quiere demostrar que no todos los toros mueren en el ruedo y que se les da la oportunidad de ser indultados.

Cierto es que hoy en día los espectadores son más “toreristas” que “toristas”. No es fácil saber ver a un toro, ni analizar su comportamiento. Por ello, cuando sale un toro “medio bueno” ya se pide el indulto. El tema se ha abaratado de una manera preocupante en los tiempos actuales.

Un dato revelador muestra que 17 indultos (de los 35 en la historia de la Plaza México) han sido en las últimas dos décadas (2000-2020), mientras que los restantes tuvieron lugar en las cinco anteriores. En otras palabras, 18 indultos en 54 años y 17 en 20.

Bravura es la condición necesaria para que un toro sea de indulto. De este término se desprenden otras características fundamentales, como la fijeza, el recorrido, la duración y la fuerza. El toro bravo no acude “borregunamente”, sino que humilla con la fiereza de querer coger el engaño y no tira derrotes a diestra y siniestra (lo significa querer quitarse de encima la muleta para no pelear).

Un detalle que es más fácil identificar en la suerte de varas es que el toro bravo pelea “metiendo” los riñones; es decir, se impulsa con sus cuartos traseros. En alguna ocasión le escuché decir al reconocido periodista hispano Paco Aguado que la bravura es de “tracción trasera”.

La bravura no es fácil, pues estar a la altura implica un reto importante para los toreros, que deben ser muy finos en su colocación, así como en el manejo de las alturas y las distancias, para luego “olvidarse” en cierto sentido de la técnica y poner el alma en cada trazo. Aquí es cuando empieza la creación artística.