Desde la barrera

Tardío y malo

Por: Íñigo Fernández – Especial

Tardío y malo son adjetivos que me describen como aficionado a la tauromaquia. Tardío porque mientras que muchos desarrollan el gusto por los toros desde la infancia, yo, en cambio, hallé la afición hasta los veinte años pasaditos, y debo reconocer que tras mucha insistencia de mi padre.

Y sí, también debo reconocer que soy mal aficionado de la fiesta brava, pero creo que al menos tengo un aliciente que sé que más de uno compartirá conmigo. Es más, confesaré que este aliciente tiene fecha y causante. El tiempo fue diciembre de 1990, y el culpable fue, nada menos, David Silveti.

Era la primera vez que ponía un pie en el coso. Compré segundo tendido, séptima fila sombra de la Plaza México, según las instrucciones de mi papá, un taurófilo consumado. El primer espada era el “Torero charro de La Viga”, Mariano Ramos; el segundo, “El Rey”, David Silveti, y por último se encontraba el hispano-mexicano Fernando Lozano, quien hacía poco había tomado la alternativa. La plaza estaba a medio llenar, el calor apretaba y “El Profe” lanzaba sus acostumbrados gritos. Seré sincero, pues aunque de esa tarde conservo pocos recuerdos, hay uno que atesoro con mucho cariño y que se resume en una frase que le dije a mi papá: “Yo soy silvetista”.

En efecto, aquella tarde David Silveti me enamoró, se adueñó de un corazón ignorante y más amigo de la razón que del sentimiento, pero que supo reconocer y apreciar su arte. Aunque aquella tarde Mariano Ramos demostró tener su característico dominio de la técnica, en David descubrí la encarnación del arte en traje de luces y zapatillas.

No satisfecho con aquella corrida, consecuencia de su feliz reencuentro con los toros, busqué y rebusqué su historia en un tiempo en el que el internet era cosa de ciencia ficción y pude formarme en el universo silvetista. Averigüé que parte importante de la verticalidad y la economía de movimientos que me fascinaban era consecuencia de unas rodillas, auténticos vía crucis, que a pesar de ser aparentes obstáculos, le ayudaron a sublimarse para desarrollar una tauromaquia que él mismo definía como la suma de lo “ético, estético y patético”. ¡Quién como él para sacar tanto provecho de la adversidad!

Corrida a corrida y faena tras faena aprendí que ser seguidor del Rey David era un compromiso de tiempo completo. Estar con él en la plaza implicaba hacer propio el sufrimiento y la frustración que él hacía y sentía en el ruedo. En ese sentido, recuerdo en especial una tarde memorable en la Plaza México. Montó un faenón con su impronta a su segundo toro y el mal hado del estoque hizo que el animal se le fuera vivo a los corrales. A pesar de ello, y es la primera vez que lo presencié, los ahí presentes reconocimos la calidad de su arte al grado de implorarle que diera una vuelta al ruedo. Mientras recorría dicha circunferencia, todos los presentes nos desgañitábamos entre loas y vítores. Ese era el alcance del arte de El Rey David.

Entonces entendí que mientras que había toreros cuyos triunfos se medían por el número de trofeos que cortaban tarde tras tarde, había otros, David a la cabeza, cuyos logros eran ponderados por las emociones, al fin efímeras, que levantaban en el ruedo para darle significado al concepto de “toreo verdad” desde la simplicidad. Con él bastaba una chicuelina ajustada, una de sus dosantinas geniales o una mirada de complicidad hacia el tendido para hacernos vibrar y volvernos partícipes de un toreo que jamás recurrió al desplante efectista.

Al inicio de estas líneas reconocí que era un mal aficionado de lo toros y lo corroboro porque tras haber visto las dos últimas presentaciones de El Rey en la Plaza México, el 12 de enero y 2 de febrero de 2003, su muerte, acaecida el 12 de noviembre de ese mismo año, me tomó, al igual que muchos, por sorpresa. Ese día también feneció una parte de mí como aficionado a los toros pues nunca he vuelto a ver ese arte en la plaza, nunca volví a ver el “patetismo” en el ruedo, nunca presencié ese dejarse ser y llevar por los toros.

Perdonarán que termine adaptando la cita del famoso Rafael Guerra, “Guerrita”, pero creo que vale mucho la pena decir que “Después de Silveti, naide, y después de naide, pos… nadie”.