Editorial

Ansias de novillero

Por: Jorge Raúl Nacif – Director

Un novillero es el prototipo del soñador de gloria, de aquel que desde temprana edad descubre la vocación para vivir del toro y, sobre todo, por el toro. La entrega sin cortapisas siempre debería ser el sello que los muchachos manifiesten en el ruedo, pues en teoría la ilusión les impulsa para luchar en pos de un objetivo.

A un novillero se le pueden perdonar sus carencias técnicas y la falta de oficio, fundamentalmente cuando dan sus primeros pasos. El verdor es lógico e incluso necesario en el camino de la vida, así que el público debe comprender que están en proceso formativo y no exigirles como figuras.

Lo que un novillero jamás debe dejar de mostrar es el hambre de ser, como decía el bien recordado Valente Arellano. La exigencia en este terreno sí es capital.

Durante más de una década he acudido a muchas novilladas en diversos puntos de la República Mexicana. A diferencia de lo que ocurría en otros tiempos, no son pocos los jóvenes espadas que salen al ruedo con pose de “figurines” y actitud déspota, atreviéndose incluso a faltarle el respeto a las cuadrillas.

Más preocupados por su peinado o el terno de lujo que portan, no tiran la “moneda al aire” para dejar un buen sabor de boca entre el público y las empresas. De romanticismo, ya ni hablamos.

Los aficionados no debe permitir este tipo de actitudes por parte de los novilleros; aquí no se les puede perdonar. Hambre de ser es la carta de presentación de aquel que anhela convertirse en matador de toros.

Lo curioso de este tema -aunque natural- es que la inmensa mayoría de estos chavales no trascendieron. Creyeron ser, sin serlo, y este es uno de los graves pecados que cualquier ser humano comete. En un medio que da mucha coba, la capacidad autocrítica debe alzarse como un elemento vital.

Ahora que arrancaron las novilladas en la asolerada plaza “San Marcos”, de Aguascalientes, la oportunidad para los novilleros es magnífica. No abundan los festejos menores en México, así que los chamacos tienen la verdadera obligación de salir a jugársela el todo por el todo. Ya el toro pondrá a cada quien en su sitio.