Editorial

Bravura y genio

Por: Jorge Raúl Nacif – Director

En el ruedo de una plaza de toros suelen confundirse los términos “bravura” y “genio” para comprender el comportamiento de los astados en los diferentes momentos de la lidia, lo que lleva a un entendimiento un tanto distorsionado. Claro, esto desde mi muy personal óptica en cuanto a la definición de la terminología.

La bravura es el elemento clave del toro de lidia. Consiste en un comportamiento ofensivo, que lo manifiesta embistiendo hacia aquello que le cita, metiendo la cabeza abajo tal y como lo hace este magnífico animal cuando pelea, por ejemplo, en el campo bravo.

Por el contrario, el genio es un comportamiento defensivo. Lejos de embestir para plantar cara, el toro “cabecea” o “calamochea” para tratar de quitarse de enfrente los engaños, o incluso arrolla “al bulto”.

Esto se percibe claramente en la suerte de varas. El toro bravo mete la cara abajo y empuja con los riñones. En cambio, el ejemplar con genio derrota arriba y hace sonar el estribo, con el objetivo de quitarse el palo.

El genio es un grado de mansedumbre, desde mi particular punto de vista. El toro manso no quiere pelea; algunos ejemplares se “amarran” al piso, otros huyen despavoridos buscando las tablas o se “escupen” de las suertes, en tanto que otros tiran derrotes a diestra y siniestra para quitarse de enfrente todo aquello que les “reta”. Mansedumbre con temperamento, podría ser mi definición de genio.

Claro que el genio luce espectacular de cara a los tendidos. Un toro que calamochea y arrolla en la muleta, o hace sonar el estribo en varas,  puede parecer “muy bravo”. Aquí es donde nace la confusión.

Ahora bien, la bravura no es fácil. Dominar la situación ante un toro que mete la cara con pujanza y repite una y mil veces a la muleta, requiere de mucho sitio, además de valor para quedarse quieto y poder dar rienda suelta a la inspiración que brota desde lo más profundo del alma torera.

Además, hay que hacer las cosas perfectas. “Toro bueno descubre a torero malo”, dicta una añeja sentencia taurina. Las alturas y las distancias juegan un papel fundamental, así como los toques. Si no se hace bien y el torero no se queda quieto, el toro bravo puede “echárselo a los lomos” debido a su espíritu combativo.

Es normal que el toro bravo vaya desarrollando sentido mientras transcurre la lidia, pues “aprende” y percibe que detrás de las telas está el verdadero motivo. Sin embargo, éste sería tema ya de otras columnas.