Columna invitada

¿Qué tenemos? ¿Qué nos falta?

Por: Rafael Cué – Foto: Reyes

Los mexicanos somos unos personajes curiosos. Habrá quien al leer esta colaboración para el portal de mi amigo Jorge Raúl, piense: “yo para nada soy así”, pero al final nos cuesta mucho trabajo valorar lo que tenemos, quizá en muchos aspectos, pero en tauromaquia el malinchismo mal entendido nos ha provocado dejar pasar grandes oportunidades.

La globalización hace años que alcanzó al mundo del toro, lo que ha provocado inseguridades, confusión, y en muchos aficionados el querer exigir lo que no somos y no valorar lo que somos.

México cuenta con una rica y poderosa historia taurina, desde la creación de un encaste único, el Llaguno, mezcla de sangre brava del Marqués de Saltillo, con ganado criollo que braveaba a principios del siglo XX por Zacatecas, y el ejemplar manejo de menos de 20 vacas “puras” que llegaron a México vendidas por el Marqués a los celebres hermanos Llaguno.

Igual desde principios del siglo pasado, Rodolfo Gaona dio lustre a la torería nacional, alternando con dos de los más grandes en la llamada época del toreo: Joselito y Belmonte. Maestros todos: Fermín Espinosa “Armillita”, Lorenzo Garza, “El Soldado”, Silverio Pérez, Jesús Solórzano, Carlos Arruza, Manuel Capetillo, Juan Silveti, “El Ranchero Aguilar”, “Calesero”, Pepe Ortiz, Rafael Rodríguez, Manolo Martínez, Curro Rivera, Eloy Cavazos, Mariano Ramos, Antonio Lomelín, Jorge Gutiérrez, Miguel Espinosa, y puedo seguir y seguir hasta nuestros días. Toreros de distintos estilos, con sello, respetados allá y medidos aquí, sobre todo las generaciones a las que ya les tocó la globalización.

Los toreros mexicanos tienen que irse a triunfar a Europa para que aquí los valoremos; a nuestro toro, con más de 100 años de selección, lo queremos con otras hechuras y comportamiento, si lo que vale y valoran los de allá ¡es precisamente eso!

Ahora bien, no confundamos los excesos, abusos y engaños que por años vivimos como aficionados y que fueron sacando a la gente de la plaza; poco a poco se nos fue el agua entre las manos. El toro joven, el confundir clase con sosería, trapío con kilos y demás argumentos que un sistema poco hábil instituyó por amiguismo de unos pocos y que afectó brutalmente a la afición.

Hoy tenemos una gran camada de matadores de toros, jóvenes con experiencia capaces de alternar y brillar ante cualquier Figura extranjera. Tenemos no sólo al toro de encaste Llaguno bajo distintos matices (según su criador), también tenemos el fruto de la importación de hace más de dos décadas que nos brinda la oportunidad de gozar y conocer otros encastes en comportamiento y hechuras: Murube, Domecq y Atanasio.

Contamos además con una excepcional camada de novilleros que vienen a apretar a los matadores. Contamos con la voluntad de las empresas de seguir dando toros en un momento social en el que la Fiesta está lejos de ser bien vista, como en otras décadas.

¿Qué nos falta? Valorarnos, sentirnos orgullosos de la idiosincrasia taurina que tenemos, y sobre todo estar conscientes de hacia dónde la queremos llevar.

La globalización no es para compararnos, en el arte no tiene sentido. Virtudes y defectos existen aquí y allá; más dinero allá, sin duda. En el toro el dinero lo tiene el público, quien paga su boleto para vivir una experiencia que ningún otro espectáculo puede ofrecer; ¿seremos capaces de contarle la historia para que los tendidos se llenen?

La verdad de la Fiesta la tiene el toro, la crea el torero y la sostiene el público. Adaptar el mensaje, no las formas, a una nueva generación que no ha vivido una tarde de toros, es una oportunidad inmensa.