El torero de la semana

David Silveti

Por: Jorge R. Nacif – Foto: Ruizesparza

Pocos toreros logran conjugar un cúmulo de emociones tan intensas como las que David Silveti plasmaba en los ruedos. El torero de la “ética, la estética y la patética” grabó su nombre con letras de oro en la historia de la tauromaquia mexicana.

David Silveti Barry nació el 3 de octubre de 1955. Miembro de una de las más importantes dinastías taurinas del planeta de los toros, al ser hijo de Juan Silveti Reynoso y nieto de Juan Silveti Mañón “El Tigre de Guanajuato”, debutó como novillero en el año de 1974, en Guadalajara, Jalisco, luego de acceder a la llamada de una profunda vocación torera.

Tomó la alternativa el 20 de noviembre de 1977 en la plaza “Revolución”, de Irapuato, Guanajuato, de manos de Curro Rivera y Manolo Arruza como testigo, ante toros de Mariano Ramírez. El ejemplar de la ceremonia del doctorado llevó por nombre “Catrín”.

El 7 de enero de 1979 ratificó en el coso de Insurgentes, llevando como padrino a Manolo Martínez y por testigo a Eloy Cavazos, delante de toros de Mimiahuápam. En esta corrida, y de la manera más inesperada, pues pisó mal en un pequeño hoyo que había en la arena, se lesionó la rodilla derecha por primera vez. Este percance fue como una especie de premonición de las múltiples lesiones que iba a sufrir.

Luego de recuperarse, emprendió el viaje a España y debutó como matador del otro lado del Atlántico en 1980, en Palma de Mallorca. Años más tarde, ratificó el doctorado en Las Ventas de Madrid el 24 de mayo de 1987, llevando como padrino a Nimeño II y como testigo a Tomás Campuzano, ante ejemplares mexicanos de San Mateo.

Silveti fue un torero en constante crecimiento y que llegó a madurar su concepto para convertirse en uno de los diestros de mayor fidelidad al mismo, dotado de una gran personalidad y un sentimiento a flor de piel que, junto con su estoicismo, transmitía esa emoción hacia los tendidos.

Su carrera fue un rosario de percances y lesiones, sobre todo en sus rodillas, pero siempre volvía David con una especial entereza. Tras retirarse en 1995, al no estar físicamente en condiciones, reapareció en el año 2002, en Querétaro, e inolvidables fueron aquellas dos tardes de 2003 en la Plaza México, sus últimas en ese coso capitalino.

Fue David Silveti un paradigma de que no se necesita cortar un rosario de orejas para ser figurón del toreo. Pocos fueron en realidad los triunfos estadísticos, pues el manejo de los aceros no era precisamente su fuerte, así que quedaba siempre claro que aquello que trasciende no son los números… sino torear con el alma encendida.

El 12 de noviembre de 2003, el maestro decidió quitarse la vida… y murió aquel día en su rancho de Salamanca, Guanajuato, dejando un legado que permanece indeleble para nuestra Fiesta.