Archivo histórico

Y se reanudan las corridas

Por: Jorge Nacif Mina – Foto: Archivo

Junto con la Restauración de la República, Juárez determinó prohibir en la Ciudad de México las corridas de toros, además que en el artículo 87 de la ley para la dotación de fondos municipales expedido en el Distrito Federal el 28 de noviembre de 1867, quedaba ordenado que: “… el municipio estaba facultado para la adquisición de dinero” concediendo permiso para la celebración de diversiones públicas, exceptuando las corridas de toros; es muy posible que los ideólogos del ordenamiento, hubieran considerado a la fiesta brava como inmoral o antinacional por sido una celebración nacida en España; la prohibición comentada nos puede parecer irracional, más aún cuando leemos en los mismos ordenamientos que estaban permitidas las apuestas en las peleas de gallos y de carreras de caballos que se efectuaban en el Hipódromo de la Condesa.

Pero los tiempos cambian y para el mes de noviembre de 1886, en el segundo periodo de gobierno del general Porfirio Díaz, fue enviada una solicitud al Ayuntamiento de México para que se aprobara la reanudación de las corridas de toros dentro de, la entonces poco extensa, zona metropolitana.

La petición llegó a la Cámara de Diputados y resultó aprobada y por ende favorable en el seno de la Comisión Permanente, siendo firmada por los diputados Tomás Reyes Retana y Ramón Rodríguez Galván, dándose a conocer el veredicto el día 28 de noviembre de 1886; regresaban las corridas de toros a la Ciudad de México con 85 votos a favor y 36 en contra.

Aunque a partir de ese día ya se podía realizar todo tipo de negocios y construcciones en torno a la Fiesta Brava, quedó concertado que quienes fueran empresarios deberían pagar al Ayuntamiento de México un 15 % del total de las entradas de cualquier corrida, antes de descontar sus gastos. En realidad ese dinero cobrado por la autoridad municipal, sirvió para impulsar las obras de drenaje que se realizaban en el Valle de México, y que se interrumpieron por falta de recursos económicos suficientes.

Como era lógico, las corridas de toros fueron la esperanza de empleo de muchas familias y de grandes ganancias de muchos empresarios que arriesgaban sus capitales, se emprendieron las edificaciones de las plazas del Paseo y la de Colón, sin embargo antes que aquellos cosos fueran concluidos, en lo que hoy se conoce como San Cosme se inauguró una plaza pequeña a la que llamaron de San Rafael.