Archivo histórico

Reglamentación taurina (III)

Por: Jorge Nacif Mina – Foto: Archivo

Otra de las responsabilidades que el ordenamiento de 1887 le daba a la empresa taurina, fue la de que la corrida y festejo se llevara de manera expedita “… que se ejecute sin tropiezo alguno, vigilando especialmente que las espadas estén bien montadas y afiladas, y que las picas o garrochas sean rectas, fuertes y, tengan el fierro con el tope conveniente.”

También, en aquel febrero de 1887, la preocupación de que “Todas las puertas que den entrada al redondel y la contra valla, se asegurarán debidamente, y en las primeras se colocarán los criados necesarios para que cuando algún toro salte la valla lo vuelva al redondel…” tan importante la preocupación que en el mismo artículo se establece que la contravención del mismo se castigaría con multa de diez a cien pesos, “… sin perjuicio de que si el toro llega a salir de la plaza y ocasione alguna desgracia, la empresa indemnice el daño, a juicio de la autoridad judicial respectiva.”

Una prevención para lograr tanto la atención del público como el respeto a los diestros y sus cuadrillas es la que ordena que “En el tiempo destinado para la pica, para banderillear y para matar al toro, no se hará otra cosa diversa,” dedicar exclusivamente la atención en el desarrollo de los tercios taurinos, comenzó a ser la prioridad.

Aunque curiosa y contrastante con la formalidad que se quería dar a las corridas de toros en 1887, otro artículo indicaba que “Se prohíbe dedicar a las autoridades, corporaciones o particulares, las corridas o las suertes que en ellas se ejecuten.” Esta prohibición se venía acarreando desde el artículo 6° de la norma firmada y publicada por Luis Quintanar en 1822, evitando un quien sabe qué, pero limitando a los diestros en su actuar. Al público no se le estaba permitido que tirara basura, fruta o cualquier objeto al redondel, pero además no podía dirigirse a los toreros ni sus cuadrillas, “distrayéndolos o profiriendo palabras obscenas”. Y los vendedores tenían prohibido la venta de comestibles y bebidas embriagantes dentro de la plaza, “… la infracción de este artículo se castigará con una multa de cinco a veinticinco pesos …”

Reglamentando a partir de la señal para que la corrida diera comienzo, se indico la importancia de que “… quedará completamente despejado el redondel y el espacio comprendido entre la valla y la contra valla, para que este último lugar sólo se ocupe por la cuadrilla y los mozos que deberán cuidar las puertas de salida, así como por los agentes de policía que estuvieren en servicio.”

El ordenamiento no olvidaba, entre otras cosas, los servicio médicos y obligaba a la empresa el tener en La plaza, durante cada corrida “… un médico cirujano con su respectivo botiquín y un local a propósito, para que si hay alguna desgracia, se den los auxilios necesarios.” Quedaba claro que uno de los Regidores del Ayuntamiento sería el encargado de presidir la corrida, siendo responsable tanto de que la cuadrilla y vigilancia estuviere lista como en buen estado las cabalgaduras y los objetos necesarios para la función: Ese Regidor sería el “Presidente” o Juez de Plaza.