Editorial

Variedad en al toreo

Por: Jorge Raúl Nacif – Director

En el toreo hay variados estilos, formas de interpretar y, por supuesto, diferentes maneras de expresar. “Si ahora mismo todos pegáramos un natural aquí de salón, todos lo haríamos de manera diferente y personal”, dijo en alguna ocasión el maestro David Silveti durante una conferencia.

Naturalmente hay conceptos que nos gustan más que otros y con los que nos identificamos, pero esto no significa que no valga lo que no es de nuestro agrado, más aún que pueda gustarle a los demás. Algo bonito de la Fiesta es justamente esto, que en la variedad está el gusto y que delante del toro cada torero debe manifestarse de manera muy personal.

Lo importante en el toreo es que el diestro logre expresar, de tal manera que pueda generar emociones en el público. Y es que el toreo puede resumirse precisamente en ello, en un sentimiento que se genera ante el peligro del toro en el ruedo. A la sazón, bien vale mencionar que un toro (aunque a veces no lo proyecte a los tendidos y sí lo transmita y es mayor cuando es encastado) siempre tiene peligro, intrínseco a su naturaleza.

Y si un torero genera emociones en los públicos (que cada persona las puede experimentar de manera distinta), me parece siempre es válido el debate sobre sus formas, pero nunca la descalificación; ni a él, ni a sus partidarios.

Los diferentes estilos van de la mano con el desarrollo mismo de la Fiesta. Desde la Escuela Rondeña o la Escuela Sevillana, el sentimiento del Toreo Gitano o la llamada Escuela Mexicana del toreo, se advierten los diferentes modos o conceptos (si cabe la expresión) de interpretar, partiendo por supuesto de una base técnica fundamental y de ese objetivo claro y definido de despertar sentimientos y emociones en el tendido, haciendo las cosas con verdad.

El toreo, como expresión artística, puede compararse en este sentido, por ejemplo, con la pintura. Y es que quizá a alguien no le gusta el concepto de determinado pintor, y eso es muy válido, pero no por eso no puede dejar de gustarle a alguien más o causarle determinada emoción. Lo que es verdad es que, sin duda, no hay nada que abotague más a un torero que perder esa capacidad de generar reacciones entre los aficionados. El frío silencio, hemos escuchado decir a varios viejos taurinos, es el peor de los resultados para un matador.

En la Fiesta hay toreros de mucha valentía (algunos tremendistas), otros poderosos y algunos más entran en el terreno de lo clásico y sobrio en sus formas. Otros son más bullidores, los hay de un arte exquisito y otros con ese pellizco de duende. Todos son válidos, desde nuestra perspectiva, y todos conforman ese universo de la variedad que debe existir en este terreno del toreo.

La Fiesta no es el torero guerrero o el torero de pellizco… no es él o yo, sino él y yo. No debemos olvidar que, más allá de sus formas o técnicas, todos los que se ponen delante de una res brava (sea incluso una becerra o un torazo) se la juegan… y de entrada, eso merece un gran respeto.