Editorial

Grandeza y majestad

Por: Jorge Raúl Nacif – Director

El toro de lidia no sale al ruedo como víctima o para ser humillado (como creen algunos), sino que impone un respeto muy especial y es el eje de la Fiesta. Como especie criada y protegida por los ganaderos de bravo, tiene en su esencia el instinto de pelea.

El comportamiento del toro realmente bravo es ofensivo, no defensivo.  Acude a los cites movido por su casta y está siempre en facultad de arrebatarle la vida al torero. De hecho, el sentido más profundo de la Fiesta (en nuestra particular opinión) radica en la posibilidad de que, en aras de una creación, el diestro expone su propia vida.

Al pelear en la arena, el toro es fiel a su objeto de crianza y a sus atributos propios. Y por supuesto, muere con grandeza, pues luchando entrega su vida en pos de una creación.

Sin embargo, y como los taurinos recalcamos generalmente, es precisamente gracias al toreo que se cuida a la especie, la cual está totalmente protegida. Y en lo particular, cada uno de los ejemplares lleva una vida que es mucho más digna que la inmensa mayoría de las reses de abasto.

Por supuesto que las sociedades actuales, pragmáticas y materialistas, ausentes del sentido simbólico de la existencia, ya no comprenden estos conceptos. Vamos, que tampoco pregonamos una vedad absoluta y todos somos libres de disfrutar lo que nos plazca, pero jamás debe perderse el respeto a la libertad.

Único dentro del inmenso espectro de la fauna, el toro de lidia tiene la oportunidad también de pasar a la historia y ser recordado a través del paso de los año, lo que también abona en la grandeza que hemos expuesto en estas líneas.

En realidad el toro bravo no existiría si las corridas desparecieran. No solamente se extinguiría un espectáculo milenario y con una gran cantidad de aristas, sino que dejaría de existir en nuestro mundo una especie dentro de la fauna.

Defender al toro intentando acabar con las corridas es en realidad todo lo contrario, pues se pone en riesgo a la especie misma. Por ello, siempre hemos creído que, si los toros pudieran hablar, gritarían a los antitaurinos un rotundo: “¡No me ´defiendas´”!